viernes, 6 de mayo de 2016

Amistades peligrosas

No hay nada mejor que contar con amigos verdaderos.

Pero no hay nada peor que una amistad poco sincera.

Los malos amigos
nos roban la energía 
y nos dejan exhaustos.

Nadie es capaz de vivir sin amigos y, menos aún, de aceptar que no los tiene. Es parte de nuestro instinto, de nuestra necesidad de redes sociales. Hasta el ser más infeliz y desdichado se vanagloria de tener amigos.

Los amigos íntimos, los verdaderos, los que reflejan lo mejor de nosotros, los que enriquecen nuestro tiempo y conservan nuestras confidencias, los que comparten nuestro silencio y participan de nuestra intimidad, son una bendición. 

Sin embargo, por contraste, muchos otros “amigos”, en vez de satisfacción y crecimiento, son una fuente de problemas, son enormes ladrones energéticos, vampiros emocionales que nos exprimen hasta agotarnos, que nos matan los sueños y nos producen pesadillas.

Si los estudios de la Universidad de Wisconsin demuestran que la buena amistad previene la artritis, el alzheimer y el cáncer, y la revista Heart hace hincapié en que la amistad reduce el riesgo de contraer enfermedades cardiovasculares, la mala amistad también tiene sus consecuencias. Puede provocar crisis emocionales, depresión, pérdida de identidad y de sentido vital, conflictos y traumas psicoafectivos.

Los amigos son los hermanos escogidos, y mucho de nuestro vínculo familiar lo proyectamos en ellos. A veces les descargamos una gran cantidad de expectativas psicoemocionales que corresponden a vacíos o necesidades afectivas de infancia. Esto es, por ejemplo, buscar ser aceptado sin reparo, o ser escuchado ininterrumpidamente, o sentirse dueño y señor de lo que es del otro, etcétera. 

El mejor ejemplo de esta mal entendida amistad es la película The cable guy, en la que Jim Carrey interpreta a un solitario agente de televisión por cable que hace todo lo posible por convertir a un cliente (Mathew Broderick) en su mejor amigo. Pero no hace otra cosa que tiranizar la relación. Asume posturas demandantes insólitas y acosa de tal manera a su amigo, con pataletas y chantajes, que la amistad termina convertida en un infierno.

La amistad poco se cuestiona. Cuando alguien tiene el título de amigo, parece asumir el derecho al abuso (“para eso son los amigos”). En nombre de la amistad se presta plata y no se devuelve, se piden incómodos favores, se corren verdaderos riesgos; más aún, nos ponemos del lado del amigo y no de la verdad o de la justicia, confundiendo lealtad con sumisión y confianza con complicidad negativa. 

Existe una gran tolerancia al amigo, una enorme permisividad que difícilmente concedemos a los hijos o a la pareja.

El mal amigo nos manipula con los secretos que le entregamos, y ejerce control y fuerza sobre nosotros con un extraño derecho de pertenencia que extiende a nuestras decisiones. El más común es el matasueños, un tipo envidioso que se siente profundamente amenazado cuando estamos a punto de cumplir nuestros sueños. Suele utilizar frases como “es por tu bien, mira que te conozco y sé lo que te conviene”. Anda en función de chuparnos la energía y de llenarnos de culpas y miedos para que no podamos volar. Se asegura de que siempre nos rindamos.

Otro caso habitual es aquel que se convierte en pareja emocional. Este amigo busca a toda costa ocupar el lugar psicológico de nuestra pareja. Está siempre listo para salir con un superplan que bloquea toda posibilidad de control sobre nuestro espacio y nuestro tiempo, todo con el fin de que no entre otra persona a nuestra vida. 

Es un amigo que vende seguridad, una tranquilidad de la que nadie salga lastimado. Es un celoso empedernido con las personas que se acercan de verdad con ganas de quedarse, o con la pareja actual. Nos ha convertido en su mundo, creando en nosotros una mezcla de culpa y encarte, pues lo que esconde este manipulador es que está profundamente solo.

Dime con quién andas...

Uno trata a los demás como se trata a sí mismo, y uno se hace tratar como cree que se lo merece. De esta manera, también proyectamos en nuestros amigos nuestra sombra, nuestros procesos irresueltos. 

Esto quiere decir que si somos un poco descarados, no sólo vamos a tener un amigo descarado, sino que además siempre vamos a excusar a ese amigo que nos somete a miles de abusos. 

El amigo traqueto representa nuestro mafioso interior y el borracho también representa esa parte de nosotros que es adicta, pues nuestro entorno es un reflejo de nuestro interior y lo que nos pasa y como nos pasa es también un vivo espejo de lo que son nuestros valores y códigos de ética que emergen desde lo íntimo y se expresa en lo cotidiano. 

En otras palabras, uno tiene los amigos que reflejan lo que uno está viviendo. 

Ejemplo, si yo estoy trabajando mi mentira, y me confronto, hago mi búsqueda de mi verdad y la acepto, inmediatamente puedo expresar y confrontar a mi amigo mentiroso y proponerle que se relacione conmigo desde la verdad; pero si yo elijo seguir mintiéndome, condenaré a mi amigo a que ocupe ese lugar siempre conmigo.

Nosotros tratamos a los amigos como nos tratamos a nosotros mismos. 

Mientras yo no ponga límites a mi abusador interior, no podré expresar ese límite a mi amigo abusivo; mientras yo no deje de manipular, no podré parar en seco al amigo que me envuelve con su manipulación. 

Mientras no confronte cada una de mis máscaras y cada una de las voces de mi ego, no podré más que someterme a la dinámica reflejo de amigos, que me recuerdan mi carencia y no mi ser. 

Cada uno de mis amigos buenos o malos son una oportunidad para confrontar, para dejar de ser confluente, para exigirme y también para ayudarle a él a desarrollar valores que nos permitan alcanzar una ética de la amistad gracias a la cual crezcamos los dos, en vez de seguir huyendo.

Según el filósofo Elredo, una amistad auténtica debe tener estas notas: dilectio, affectio, securitas e iucunditas. 

Lo explica así: “Hay cuatro elementos que me parecen especialmente propios de la amistad: la dilección, el afecto, la confianza y la elegancia. La dilección se expresa con los favores dictados por la benevolencia; el afecto, con aquel deleite que nace en lo más íntimo de nosotros mismos; la confianza, con la manifestación, sin temor ni sospecha, de todos los secretos y pensamientos; la elegancia, con la compartición delicada y amable de todos los acontecimientos de la vida –los dichosos y los tristes–, de todos nuestros propósitos –los nocivos y los útiles–, y de todo el que podemos enseñar o aprender”.

Amigos tóxicos

En su libro Todas esas amistades peligrosas, el psicólogo Francisco Gavilán hace un inventario de los tipos de amigos que pueden traer consigo relaciones poco productivas. 

Afirma que “los celos mueven a las amistades peligrosas” y ha desarrollado una clasificación de amigos tóxicos, reuniendo a ocho tipos de amistades que pueden perjudicarte.

El ocupadísimo: padece la hiperactividad profesional. Nunca tiene tiempo para verte o escucharte, porque todo es más importante que tú. No responde a las llamadas ni a los correos electrónicos, salvo raras veces.

El chismoso: no sabe guardar un secreto y le falta tiempo para divulgarlo. Pone excusas del tipo “no pensé que María no lo sabía”.

El informal: casi nunca cumple ningún acuerdo, llega tarde, se despista de las citas y los compromisos adquiridos.

El intrigante: te transmite muchos juicios negativos sobre ti de forma sutil, diciendo que lo ha escuchado decir a otros. Y lo hace “porque soy tu amigo”. Quiere preocuparte y ganar todo el control sobre ti.

El complicador: pone objeciones a todo lo que propones, interfiriendo gravemente el curso de tu vida normal. Cada situación la analiza desde todos los ángulos posibles hasta extremos enfermizos.

El sanguijuela: su característica principal es que siente un exagerado sentimiento de sobreprotección hacia ti para tenerte en exclusiva como amigo. Se enfada si haces planes sin contar con él.

El competidor: rivaliza contigo en todo. No se alegra de tus éxitos, sino que los menosprecia. Tiene unos celos desmedidos hacia ti.

El consejero: emite juicios sobre cualquier circunstancia que atañe a tu vida sin que tú se lo pidas. Si lo rechazas suele decirte frases tipo “lo digo por tu bien”. Sus consejos son críticas enmascaradas.

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